jueves, 18 de abril de 2013

NUEVAS TECNOLOGÍAS Y ALZHEIMER


Participé ayer con esta ponencia en las Jornadas de la Federación de Asociaciones de Familiares de Alzheimer Aragón. Me ha servido para actualizarme acerca de qué se entiende por Nuevas Tecnologías en Alzheimer.

Puede ser que la mayoría de las personas asocien las nuevas tecnologías en Alzheimer solamente con los programas de estimulación cognitiva que se anuncian para ordenadores o tablets. Sin embargo el término es mucho más ambicioso que ésto que, dicho sea de paso, es de uso muy escaso a efectos prácticos, y que para que su uso sea efectivo siempre ha de precisarse que un terapeuta esté con el paciente, no se olvide. Ahondando en este aspecto es necesario reafirmar que no son lo mismo los ejercicios que pueden efectuar personas mayores con defectos cognitivos leves o defectos de memoria asociados a la edad, que con pacientes ya diagnosticados de Alzheimer u otro tipo de demencia. Mi impresión es que cualquier estímulo que incite a que la mente trabaje es productivo, como también lo es leer, debatir sobre temas de actualidad con otras personas, ver una película con un argumento interesante, escribir, etc. Lo que ya me produce mayor duda es que la mente de una persona mayor que no ha sido educada con tecnología informática (tablets, pizarra digital, e-book, etc....) o no haya trabajado solamente con ordenador,  agilice su mente más que con los instrumentos que él usó de joven o adulto: los antecedentes influyen mucho, como en casi cualquier aspecto. Son mentes cuyo proceso cognitivo ha seguido una metódica y una disciplina con la que puede extraer mejores resultados que con los que hipotéticamente podría llegar a conseguir con las actuales. No desprecio que en el futuro, los futuros pacientes que se hayan educado con productos informáticos, móviles "inteligentes",  sistemas de seguridad domiciliares, etc. sean más receptivos a mejorar su cognición con ellos pero los pacientes actuales... Imagino que se creará, ya se está creando, un lenguaje global que entienda cualquier mortal, en el que primarán los logotipos, lo virtual, etc. Y es que nuestros pacientes no han convivido con este tipo de tecnologías de la comunicación que ahora se van haciendo progresivamente imprescindibles en nuestras vidas, no han escuchado música en iPods, M3, sino que lo han hecho en tocadiscos (aún tienen muchos de ellos discos de vinilo o CDs si acaso), aparatos de cinta casette, y no entienden que para escuchar y ver cómo se grabó una canción (que es algo muy interesante, no lo obvío) se busque en youtube; ni por la imaginación podrían pensar que podrían ver películas en sus portátiles, en el caso de que los tengan... Me preocupa que les pueda ocasionar más frustración que beneficio. ¿Será por eso que en ninguna comunidad autónoma de nuestro país, estos programas de estimulación cognitiva orientados a pacientes hayan superado en el mejor de los casos el 10% de su utilización, ya sea a nivel de centros sociosanitarios como en los domicilios particulares...?. ¿Por qué seguimos aconsejando que esté presente el lápiz, el pincel, el papel, el libro con hojas de papel... y por supuesto con el terapeuta a su lado...?. ¿Pudo llegar a pensarse que la máquina podría llegar a suplantar la presencia del terapeuta...?. Cuando se nos preguntó siempre dijimos que nunca lo conseguirían. Al menos en esta generación. Quizá en la de dentro de veinte,  treinta o cuarenta años sí, cuando además estén interconectados en la misma forma a como lo están ahora los juegos con los que desde tu móvil puedes jugar al trivial con gente que no conoces... Tal vez. ¿Pero contarán con la vertiente emocional del paciente...?, ¿aquella que solo tenemos los humanos, no se olvide, y que reconocemos cuando tenemos al paciente junto a nosotros y le entendemos, sentimos lo que sus ojos nos dicen ...?. Por ahora, y creo que nunca, la inteligencia cerebral no llegará a ese extremo.
Hablé también de las características que estos programas han de poseer y que Catherine Mateer, de la Universidad Victoria en Canadá, ha seguido magistralmente y cuyos consejos de cómo utilizarlos, el tiempo a utilizar, la frecuencia de uso, la variabilidad de las tareas, el tipo de estímulos a usar, los registros, la validez, etc debieran ser seguidos.

Me acerqué también al uso terapéutico de la EMT (Estimulación Magnética Transcraneal, y la Neuroestimulación eléctrica transcutánea, cuyos resultados no son aún reconocidos por la Revisión Cochrane por lo débiles de sus resultados y que más bien se usan en el tratamiento de enfermedades psiquiátricas como la depresión resistente, los TOC (Trastornos obsesivos compulsivos), E. Parkinson... y con resultados discutibles según autores.

A nivel preventivo me ceñí al uso de las ayudas que usan el sistema de GPSs para localiación de pacientes si se pierden, USBs con el historial médico del paciente y que pyede llevar en pulsera, collar, etc. También del uso de las webcams para "vigilar" a pacientes en domicilio o centros sociosanitarios y que pueden verse a mucha distancia, al oitro lado del planeta, por medio de internet. Nombré también el uso de la domótica y la robótica.

En cuanto al uso de innovaciones en el transporte de información médica acerqué los adelantos de poder enviar cifras de glucemias, TA, ECG, etc. por internet, Teleurgencia, y los adelantos en neuroimagen y la nanotecnología que tanto futuro tiene en el mundo de la sanidad.

Cité también el uso que el cuidador hace cada vez más del internet para recabar información sobre la enfermedad, así como de apoyos para el día a día. Y, obviamente, nombré también el seguimiento de los blogs de profesionales que trabajamos con la enfermedad, y de asociaciones científicas y de familiares.

Inserté también los avances científicos en materia de vacunas (de las que ya he hablado en posts anteriores) para evitar la enfermedad y cuya representación española es notoria. También en las expectativas que en investigación se están consiguiendo para conocer mejor el cerebro y postular teorías para evitar la enfermedad (Proyecto Human brain ), como la reciente publicación en Journal of Alzheimer`s Disease (hace un mes) de un interesante avance por el DR. De Felipe, investigador del CSIC en torno a las sinapsis de las neuronas afectadas en el Alzheimer.

Insistí en que hay que diferenciar muy mucho el deseo del pragmatismo cuando, HOY, hablamos de tecnología, no dejarnos llevar por la imaginación incontrolada, para evitar la frustración que daña siempre y nunca favorece. No tuve tiempo de incorporar un pensamiento del escritor uruguayo Eduardo Galeano que debe entenderse para este comentario: "Estamos en plena cultura del envase: El contraro de matrimonio es más imprtante que el amor, el funeral más que el muerto, la ropa más que el cuerpo, la psicoterapia y las píldoras más que la conversación... ".

Y hablé de más cosas de las que creo que me extendería en demasía para aconsejar que, en definitiva, usemos la tecnología para nuestro uso pero nunca al contrario. Y sí, se avanza mucho, más de lo que imaginamos. Les conté, por último que hace unos meses le mandé a mi hijo, ingeniero superior de telecomunicaciones un relato, un cuentecito a los que soy aficionado de escribir, hablando de cómo se podría llegar a interconectarse al humano con la tecnología de una manera muy futuriblemente pragmática, y más en concreto me centraba en una superTV que..., bueno, mejor lo leen:




Miró el reloj. Eran las ocho y media de la tarde. Le costaba que la célula cogiera adecuadamente la impresión de la huella de su pulgar. Lo tenía algo húmedo. Se lo restregó sobre el pantalón. Al final, la puerta se abrió. La casa estaba silenciosa y olía a vainilla, el aroma de la última varilla de incienso Aastha que encendió. Automáticamente, como hacía todos los días, se quitó la gabardina y la americana en un solo movimiento y las colgó de la percha de la entrada. Se dirigió al dormitorio y observó el interior. Todo seguía igual a como lo había dejado por la mañana. Mientras se desprendía de los zapatos y se ponía ropa cómoda para estar en casa, los sensores repartidos por las paredes y el techo habían analizado su estado psíquico. Estaba en un nivel 71 en la escala de Flout. No todos los días estaba en tal grado, pero hoy era distinto. Su grado de desconexión laboral tardaba en desaparecer. La música chill out comenzó a sonar muy suavemente por los diminutos altavoces repartidos por toda la casa. Recreaban sonidos de la naturaleza entremezclados con tenues flautas, platillos y campanillas de meditación budista. La elección era la apropiada. En pocos minutos la humedad se fijo en 50º y comenzó a notarse más relajado a la par que el aire acondicionado a 22 º impregnado en fragancias de bosque, le regresaba a sus últimas vacaciones en Galicia, donde eucaliptus y castaños envolvían un paisaje que había resistido a depredadores y asesinos de la naturaleza con una dignidad tal que daban ejemplo al humano que los gozaba. Acercó sus manos al lavabo y el agua templada a 20º fue resbalando de forma automática por sus manos junto a un chorrito de gel del dispensador con aroma a mandarina y bergamota de Calabria, ciprés y romero, creado para él hacía ya tres años su laboratorio de aromas preferido.
La cocina esperaba su presencia y cuando ya estaba junto a la puerta del refrigerador oprimió el botón elector. Inmediatamente brotaron en el display de la minipantalla varias posibilidades de comidas que podían prepararse con los productos que estaban en su interior y las posibles combinaciones derivadas de su estado emocional y sus propias características. Ramón era bastante sobrio en sus comidas si bien no despreciaba cierta sofisticación, aunque hoy no fuera una ocasión de esas. Apreciaba, por encima de todo, la calidad. Eligió hacerse una ensalada verde y una tortilla de carabineros con perejil. De postre se tomaría una manzana Fuji. Le gustaba cocinar. Le relajaba a la par que se responsabilizaba de su futuro con sus comidas. El médico le informó en su día que debía ser precavido con la grasa animal que pudiera ingerir. Había señales en su ADN de cierta tendencia a sufrir enfermedades cardiovasculares por depósitos grasos, y no estaba dispuesto a irse unos años antes de este mundo por comer insalubremente, o peor aún, inmovilizarse en una cama expuesto a posibilidades que mejor no quería pensar. La media de vida estaba ya en los noventa años para los hombres, y llegar a ellos sin padecer enfermedades importantes justificaba poder llevar aún entonces una vida muy aceptable. Su sociedad había podido librarse de la anarquía del comienzo de siglo, y tras reformas bastante duras había logrado un cierto sosiego para poder contar con lo imprescindible en materia de calidad para todos los ciudadanos y aspirar a vivir cómodamente cuando el Estado no le precisara laboralmente de una forma permanente.
Con su cena en la bandeja se dispuso frente al monitor de la pared del salón. Opciones, dijo en voz alta. Ante a una serie de alternativas reflejadas sobre la gran pantalla azul, observó fijamente la elección de un documental de primates en Sumatra. Automáticamente comenzó a emitirse el programa. Sus pupilas habían coexionado perfectamente con el título. Tras diez minutos visualizándolo le surgió una pregunta. La dijo en voz alta: ¿cuántos ejemplares quedan a día de hoy?. La respuesta tardó apenas un segundo en hacerse efectiva en la parte inferior de la imagen del monitor.  Ciento treinta y tres. Prosiguió cenando. ¿Viven más o menos que hace cincuenta años?, le preguntó al monitor. Un veintidós por ciento menos de media, respondió la máquina. ¿Se está investigando con ellos para el ser humano?. Sí. ¿En qué?, preguntó de nuevo. En factores de coagulación y en patologías neurodegenerativas. ¿Qué países son los que los están investigando?. Estados Unidos de Norteamérica, China y Rusia.

Cuando finalizó su viático, el documental continuaba alimentando su hambre de conocimiento. A pesar de estar en su quinta década de vida, Ramón tenía el mismo deseo, igual curiosidad que a los quince años cuando decidió que sería neurocirujano. La imperiosa necesidad de sentirse partícipe de entender el pensamiento le hizo aprender a investigar, a hacerse preguntas constantemente, a codearse con humanistas e ingenieros, con psiquiatras y deportistas de elevado rendimiento. Había constituido un equipo sólido de profesionales dentro y fuera del país que apenas veían límites para sus imaginaciones. Solamente para ellos. Pero cuando ellos no estuvieran otros seguirían mejorando la vida, ese castigo para unos, y dicha para los demás.
Cuando el documental acabó, le ordenó al televisor: Apagar. Lo mismo hizo con la luz. También ordenó que se bajaran todas las persianas. Al entrar en su dormitorio unas diminutas luces situadas a ras del suelo se iluminaron, y tras despojarse de su ropa, se dirigió al cuarto de aseo, colocó su boca en una copia siliconada para que una corriente de aire iónico higienizara sus dientes y lengua desprendiendo cualquier resto de alimento de su cena. A la par, el sonido de una flauta japonesa se dejaba escuchar entre sus paredes desplazando hasta hacer inaudible ya la primitiva música que le había recibido al entrar en la casa. Tumbado ya en su cama, un agradable masaje por todo su cuerpo se hizo presente de forma automática mientras una suave corriente de aire templado se repartía por toda la textura del tejido. No se oía nada. Todo era silencio. El apartamento era totalmente estanco. Todo ajustaba perfectamente.  Todo menos poder comentar las dudas que durante el día le habían acompañado. No podía desprenderse del por qué no habían funcionado aquellas células implantadas en el cerebro aquejado de Alzheimer de aquel paciente. El cultivo diferenciado de sus células madre no había sido productivo, pero cuál era la causa, cuál el error en la secuencia de pasos. Se había seguido fielmente el protocolo. Su ADN justificaba la intervención. Otras veces tuvo éxito pero por qué en este caso había fallado. ¿Tendría que ver con la ascendencia genética del paciente…?. Sabía que el Programa de la Unión Europea para la equiparación celular había contemplado las diferentes variantes de las regiones de sus países. Eso había eliminado la resistencia a diferentes enfermedades antaño incurables generando un ahorro considerable en terapias. Ser cada vez más iguales, menos diferentes, fue una ardua tarea para los responsables de la salud en aquellos momentos. Convencer a tantas unicidades de los países en que, o nos igualábamos lo más posible o retrocederíamos hasta principio de siglo provocó no pocas discusiones, manifestaciones y pactos en los que la ciudadanía siempre estaba presente. Los políticos, como tales, habían sido destronados del inmenso poder que tuvieron en el pasado, y un ejército de científicos y sociólogos tomaron su lugar, siempre vigilados por una superestructura en la que un Consejo de Mayores auxiliados por una tecnología orientada a prever conductas y aconsejar sus desmanes había hecho acto de presencia. Los acuerdos entre Estados llegaron. Había que continuar la especie, se debía invertir en el bien común. Los romanticismos ya no tenían cabida en aquel siglo XXII al que se veía cada vez más cerca.

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Pasaron unas semanas y le pregunté a mi hijo su impresión acerca del relato y que si se estaba lejano a que fuera real lo que había escrito acerca de la TV. Me miró y me dijo: Sí, me gustó, pero no es ciencia ficción, es real. En la empresa en donde trabajo hay ya una TV con similares  características. Lo único que le falta es que busque la información y responda a la petición, pero es cosa de poco tiempo que se consiga... seguro.


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