domingo, 9 de diciembre de 2012

LA ESTACIÓN DEL OLVIDO.



(En ocasiones, algo te impulsa a dar rienda suelta a la imaginación... ¿o no es la imaginación...?)

No sé por qué ni cómo me fijé en ella esa mañana de manera diferente a como lo hacían otras. Si he de ser sincero, hablábamos, cocinábamos, arreglábamos la casa juntos, pero no me había apercibido que el cambio se estaba produciendo. En mi mente, en mis ojos, veía a la Eugenia de siempre, la que me enamoró y me hizo hombre más pronto de lo que hubiera pensado. En general, las mujeres maduran antes que los hombres, desarrollan más pronto su físico, y su mente también. Nosotros, de adolescentes, somos impulsivos y sin perspectiva. Ellas miran y ven. Nosotros miramos, solo miramos. Eligió pues… y hasta ahora. Y aún sigo preguntándome hoy, a mis sesenta años, con cuarenta junto a ella, qué vio en mí aquella preciosa jovencita morena deseada por toda la población masculina que me rodeaba cuando decidió que yo debía ser quien la atendiera sus momentos de ternura, fuera cómplice de secretos cuyo destino yo tendría tantas dificultades en lograr entender, o solamente enmudecer cuando sus quejas enfurecidas se dirigiesen hacia mí.

Era domingo y estaba sentada en el sillón de anea de la amplia cocina de la que se sentía dueña y señora, la misma en donde me dejaba ser su torpe imitador alguna tarde sabatina mientras ella planchaba o veía alguna película en la televisión. Me había levantado a buscarme un vaso de agua y me extrañó verla sentada, puestas las gafas y con un cuadernillo sobre sus manos en el que pausadamente y tras un momento de estado dubitativo escribía algo. Me acerqué y entonces vi que era una revista de crucigramas.

-No sabía que te gustaran los crucigramas…

-Y no me gustan- dijo casi sin levantar la mirada.- Es para ejercitar la memoria. En el trabajo, casi todas mis compañeras de mis años, los hacen. Y van bien, ¡eh!- añadió levantando ya los ojos- Cuando le oía recomendarlo al Dr. Yuste, la verdad, me parecía una estupidez, pero ahora que llevo ya un tiempo haciéndolos, reconozco que van bien. Estoy más ágil mentalmente.

-¿Pero te falla la memoria?

-Como a todos a nuestra edad… Deberías tú también practicar. Nunca has hecho crucigramas y se aprende a retener nombres, que es precisamente lo que más nos falla. ¿No te has dado cuenta?

-Sí, pero no le doy importancia.



Me dio por pensar durante todo el día si la respuesta de Eugenia era la verdad o si el olvido estaba siendo más presente en su vida. A partir de aquel día seguí con mayor interés las rutinas de Eugenia y vi que cuando necesitaba coger algo de la estantería de la despensa usaba la escalera alta, más pesada, sí, pero mucho más estable que la de aluminio que solíamos usar. Otro día, que íbamos a salir al cine la noté diferente, más… pequeña, sí había empequeñecido de un día a otro. Incluso se pegaba más a mí cuando caminábamos por la calle, como si precisara más protección…

-Estás más pequeña o es que lo parece a mí…- le dije.

-No seas tonto. Solo es que no llevo tacones tan altos como antes. ¿No te habías dado cuenta hasta hoy?. Pues ya hace tiempo que los uso. A ver si me miras más… - me dijo sonriendo.

-Pues te hacían más estilizada…

-Sí. Y me dolían mucho los pies y la espalda…

- Ah! Claro.

-Qué fácil lo tenéis los hombres…



Mi nula sensibilidad fue, una vez más, hiperbólica. Ella aceptó con resignación mi estupidez por no empatizar físicamente con su anatomía y sus complicaciones con el paso del tiempo sin parecer darle mayor importancia. Era algo connatural en los individuos de mi sexo. No lo hacemos queriendo dañar, simplemente somos así. No nos tomamos el trabajo de ponernos en la piel de la persona que vive con nosotros para saber cómo piensa, qué siente o por qué siente lo que siente… Es decir, todo lo contrario que ellas, que en raras ocasiones tienen su mente en stand by. Hasta cuando parece que están ausentes piensan qué estará pensando quien tiene al lado.



De aquello pasaron varios meses:

-Me cuesta recordar las cosas, Fernando. Te lo quería haber dicho antes pero… se me olvidó.

-¿Qué dices?

-Pues eso, que a veces me cuesta recordar las cosas de todos los días…No es muy frecuente, pero lo es más que hace seis meses y cuando hago el esfuerzo de querer acordarme de algo que antes sabía, no lo consigo. Solamente al cabo de un rato, y no siempre, me acuerdo. Lo paso mal. Quería que lo supieras porque deseo que vayamos al médico. Tengo miedo… esto va a más.

Fernando palideció. Se levantó del sillón dejando el periódico en el suelo. La miró y comprendió todo. No exageraba. Los ojos se le llenaron de inmediato de lágrimas que no quería que viera ella. Le dijo que, por supuesto, al día siguiente irían a consultar con el médico. Salió del salón y se dirigió a su despacho. María pensó que todos eran iguales, poco sensibles, rudos y egoístas, sentimentales fallidos. Sin embargo, desconocía que Fernando se apoyó en la puerta cerrada tras él y sintió frío, mucho frío en todo su cuerpo aunque en la casa hacía calor, y sus lágrimas se desprendieron de sus ojos como si se hubieran estado empantanando toda la vida. Había estado temiendo que aquellas sospechas que hace tiempo pasaban por su mente se hicieran realidad. Más tarde, cuando salía algún reportaje en televisión sobre el Alzheimer o en algún dominical publicaban algún artículo alusivo a la enfermedad de la memoria, a ese maldito síndrome que cada vez es más frecuente, lo obviaba o se levantaba y ponía música en su aparato de radio.



Hoy, doce meses después, él, el insensible, el rudo, el egoísta, se acordaba cuánto lloró aquel día viendo la vida pasar por delante suyo, que era decir estar viéndola con María porque todo se reducía a haber vivido toda la vida con ella, haber aprendido a caminar la vida juntos, haberse preparado aquellas oposiciones con temas exasperantes, estúpidos e innecesarios para poder tener un trabajo para siempre, haber admitido la imposibilidad de tener hijos propios y no insistir en adoptarlos, aceptar tener que ir con su madre de vacaciones todos los años a donde ella quisieran, pero también a tener una habitación solo para él y sus cachivaches durmientes de épocas pasadas que le convencían de la ilusión de haber podido ser como otros, más independientes, más alocados, sí, pero con la posibilidad del despecho vital de no haberla conocido, amado, abrazado, secado sus lágrimas mientras la hacía reír con alguna de sus payasadas. Y ahora debía resignarse a ver que le estaba dejando, lenta pero irremediablemente, y que pronto solo quedaría su cuerpo, la carcasa que envolvía las sensaciones de los países conocidos con ella, todas las músicas escuchadas con ella, todos las exposiciones vistas con ella, todos los platos de los restaurantes con estrellas Michelin paladeados con ella… todo lo que había sido era ella. ¿Y él…?. ¿Le quedaría al final algo de ella, de los dos…?. Él también quería olvidar, ser autista a su lado.

Todos los días con la ayuda de Montse la aseaba y luego le daba un masaje por todo el cuerpo con aceite corporal, el de Johnson de toda la vida, la vida con ella claro… y notaba que aquel tono muscular había desaparecido. Hacía tiempo que no hacía comparaciones con épocas pasadas. ¡Para qué! No servía para nada. Sus manos luego hidrataban su cara y más tarde le pintaba sus labios con el rouge Chanel que tanto le gustaba usar incluso dentro de la casa. Cuando estaba bien decía que no se reconocía sin llevar los labios pintados. Ahora… ni con… Más tarde saldrían a pasear por el barrio, despacito, parándose a ver lugares que Eugenia había pisado en muchas ocasiones, tiendas en las que compró y que hoy son solo imágenes nuevas cada día. Fernando se empeñará en recordárselas: Mira qué pañuelo tan bonito hay en el escaparate …o vamos a tomarnos un helado a Los Italianos que tanto te gustan… y evitará los almacenes chinos porque todo está muy mezclado y se aturde. Y cuando lleguen al pequeño parque de al lado de la avenida. Se sentarán en el banco en donde da el sol, y a Eugenia se le iluminarán los ojos al ver a los niños jugar y a los perrillos hacer las tonterías de siempre para satisfacer a sus dueños. Se reirá y Fernando la mirará y se emocionará deseando que siga así, junto a él, suspirando no desaparecer antes que ella… Después sí. Cuanto antes.



A  Fernando.


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